Entraba yo en la casa de un amigo cuyo padre era policía y lo encontré (a su padre), en la sala, levantándose sobre sus manos y pies, es decir, haciendo flexiones y casi a punto de desfallecer, diciendo en una visible falta de oxígeno por el esfuerzo: "dos...cien...tas". Me quedé atento mirándolo y pensando, que un hombre de su edad, con esa fortaleza era impresionante. Bajó nuevamente y con un rostro aún peor de crispado y casi sin aliento dijo: "tres...cien...tas".
Eso me bastó para guardarme mis juicios de valor hasta no haber visto el tiempo suficiente.
Eso me bastó para guardarme mis juicios de valor hasta no haber visto el tiempo suficiente.
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