Ya habian repartido los lockers en la U, que más que casilleros eran apartados aéreos. Pero aún así, mucha gente llegaba y dejaba las maletas en los puntos de reunión -las mesas de estudio que acaparabamos desde la mañana- y otras pertenencias y volvían después que uno ya había perdido clase o cuando ya pa'qué. Un día, la poeta, lo dejó el mismo de siempre cuidándole las pertenencias con el viejo truco de "ya vuelvo". Horas de aburrición y tedio le embargaron y entonces, escribió, en tinta verde sacada de la mochila en cuestión:
"Al hombre del lapicero mariquita"
"Ho caduco empecinado y sordo
que olvida la desfachatez del hombre
no querer escuchar la voz de a bordo
que se armonizó con el sentido timbre;
huyó dejando en mis manos su maleta
y por aquí en horas no se dejó oler
pagaré con mi tiempo la receta
sirviéndole para siempre como locker"
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